DOQUMENTA 2025: La coincidencia cinéfila. PRIMERA PARTE

POR: JOSÉ LUIS SALAZAR EN QUERÉTARO

29-08-2025 00:53:18

DOQUMENTA 2025: La coincidencia cinéfila. PRIMERA PARTE


DOQUMENTA, Festival Internacional de Cine y Narrativas de No Ficción, celebró su decimotercera edición en la ciudad de Querétaro con una programación tan extensa como diversa en temas y estilos, parecía estar unida y atravesada por un mismo hilo conductor, un mismo vaso sanguíneo o pulmón latente: el de la coincidencia.

En su edición anterior, la número doce, Tatiana Huezo cerraba el recorrido de El eco —antes de subir triunfal al Teatro Degollado a recoger su merecido Ariel— con una función en Querétaro que confirmaba lo ya sabido: la aventura y la coincidencia del documental. Frente a la enorme pantalla de la Cineteca Rosalío Solano, ingenuamente pensaba yo que, en mi sexta vez viéndola, no encontraría ningún nuevo misticismo. Y, de repente, esa escena ya tan anunciada, la del niño jugando que, coincidentemente frente a la cámara, sigue con su movimiento el diámetro de la caída de un rayo, vuelve a partirme. Me revela algo que había obviado: la coincidencia de su directora y de Ernesto Pardo, quienes, frente a este augurio de tormenta, levantaron la cámara y asumieron el riesgo. Pudiendo refugiarse, arriesgaron todo por una toma que, afortunadamente, no fue la última, aunque bien pudo serlo.


El cine es una aventura, pero ninguna como la del documental. Ahí tenemos a figuras como Herzog, que si sus ficciones ya nos hacen sospechar de ciertas intenciones suicidas, con documentales como La Soufrière o Grizzly Man disipa cualquier duda. Herzog ha hecho de su filmografía la evidencia de una vida al límite. Pero no hay que ir tan lejos para encontrar quiénes se juegan el cuerpo por una historia. Ahí está Diego Enrique Osorno, homenajeado con una retrospectiva en la edición 2024 del festival, quien, pese a la incertidumbre de si lograría desembarcar o no con los zapatistas en Europa, cámara en mano habitó aquel reducido barco llamado La montaña, que da título al largometraje. O el caso de Everardo González, quien tampoco escatima en riesgos a la hora de documentar una historia, como sucede en La libertad del diablo.


Y como si no fueran suficientes coincidencias, Aarón García del Real, director del festival, al preguntársele por su documental favorito, no pudo evitar mencionarlo. Román Rangel, programador del festival, citó como favorito otro título en sintonía: The Act of Killing, de Joshua Oppenheimer. Dos títulos que se enfrentan a lo innombrable desde dentro y comparten esa voluntad incómoda de mirar de frente la violencia, incluso cuando duele o desconcierta.


La coincidencia no solo se evidencia, se vuelve palpable.


DOQUMENTA 2025: La coincidencia cinéfila


La proeza humana y la del documentalista, se extiende también al cortometraje. Leticia Gallardo, directora de Viento Florido, agrupación compuesta exclusivamente por mujeres indígenas intérpretes de instrumentos de viento, originarias de Tlahuitoltepec, Oaxaca. Candela, la bruja vudú, asciende como estrella de la lucha libre profesional enfrentada al prejuicio y a la mirada masculina. Shadi Abed, refugiado palestino, convertido en activista, lucha por detener el genocidio contra su pueblo y por reunir a su familia en México cumpliendo el sueño de su padre Kamal. También están las voces de los hombres que, desde La Quebrada en Acapulco, desafían la gravedad por preservar una tradición y elevar su espíritu; Amelia Aquino, la última alfarera de Ixtlán, que a sus 97 años resiste el acecho de la modernidad para mantener vivo su oficio; y una joven tsotsil que, en pleno parto, invoca todo un linaje de mujeres que, antes que ella, construyeron una cosmovisión capaz de transformar la maternidad.


Músicas, de Lila Avilés; El sueño de Kamal, de Miguel J. Crespo; Métele candela, de Sadja Lozano y Ernesto Anaya; Amelia: Tesoros vivos del barro, de Diego Mier; Vientre de luna, de Liliana K’an; y Las voces del despeñadero, de Víctor Rejón e Irving Serrano, son pequeñas historias que convierten la aventura y la creación no solo en un compromiso político, social y artístico, sino en un rasgo identitario que nuestras raíces reclaman. En donde la dignidad peligra o la tradición se extingue, los últimos impulsos humanos nos invitan, como bien dice el lema del festival, a detenernos para seguir avanzando.


Para cerrar esta serie de anécdotas de la edición pasada de DOQUMENTA, no puedo evitar recordarme corriendo por la ciudad tratando de llegar a tiempo a la que sería la primera función del festival: Ospina Cali Colombia, de Jorge Carvalho, sobre el mítico director Luis Ospina, aunque con más suerte de reflexiones personales sobre su propia obra. Repitiéndose el gesto, un año después, esta vez corría para alcanzar I'm Your Venus, documental que reúne a las dos familias de Venus Xtravaganza para reabrir el caso de su asesinato, pero que celebra su vida de la mejor manera: resucitándola en la pantalla. Tal como cada uno de nosotros lo hacemos al volver a poner en nuestras pantallas Paris Is Burning. Tal como lo hacía Carvalho con Ospina.


DOQUMENTA 2025: La coincidencia cinéfila


Ese día fue de lágrimas en triple medida pues, apenas terminada la función, le siguió Volver a la luz, de los uruguayos Alejandro Rochi y Marco Betancour. Documental que sigue a Noelia, una mujer que perdió la vista a causa de la diabetes a los 29 años y que se enfrenta al —descrito por ella misma— terror de ser mamá y criar a una niña desde la discapacidad. El tiempo pasa y el sol sale: Noelia encuentra consuelo en Santiago, un hombre ciego de nacimiento, con una relación muy distinta con el mundo. Él dice: "Puedo imaginarme los animales como los elefantes por estas figuritas que puedo tocar, pero jamás podré imaginarme una nube. No puedo concebir lo que no puedo tocar". Corren los créditos y la despedida a Noelia, fallecida apenas hace un año. Marco y Alejandro responden preguntas por alguien que ya no está y gente del público, entre lágrimas, agradecen por otros más que, bajo las mismas circunstancias de Noelia, ya no los pueden acompañar.


Mismo tema por el que transita el cortometraje en competencia Mácula, de Mariana Xochiquetzal Rivera, quien ante la inminente pérdida de visión de su madre emprende un viaje físico, de exploración y poético del que nos hace parte.


Llega la inauguración con Los invisibles, de Andrea Olivo Marcial, quien sin despegarse de la temática familiar, recupera la poderosa historia de sus padres: Doña Sabina, una mujer huida de un entorno violento y profundamente conservador, y Don Ernesto, un hombre aquejado desde chico por la polio y atado a usar muletas de por vida. Enfrentándose al capacitismo, al clasismo y al racismo, se casan pese a los enormes conflictos y disgustos de sus familias. Pero la alegría de una vida en conjunto puede superar la tristeza del pasado. Don Ernesto bien lo dice hacia el final: “Estas lágrimas son de alegría, no de tristeza”. Las nuestras, fuera de la pantalla, también lo son.


Tzofo, mención honorífica del festival y también ópera prima de su director Salvador Martínez, sigue, al igual que Los invisibles, de Andrea Olivo, las huellas de su madre otomí, quien por años estuvo a merced de un matrimonio violento y de una vida marcada por la pobreza y el dolor. Hoy ha logrado conquistar su voluntad y luchar por su dignidad.


Salvador filma los campos, las milpas y la vegetación que su madre, Juliana, transita mientras su voz nos guía. A esta secuencia, por momentos trágica, Juliana se impone: no permite que reinen el resentimiento ni el rencor. En su lugar, transforma su vida en una celebración, una emoción serena de quien ahora nos regala su tiempo en la pantalla para que otras mujeres, en cada esquina, puedan buscar la suya: la vida que las libere.


Esa emoción que nos atraviesa al final de la función se repite en la cinta Trazos del cielo, de Ligia Cortés, quien aún buscaba en su bolsa stickers y postales para una audiencia que no podía dejar de felicitarla. Ella nos hace partícipes de un secreto muy bien guardado, un tesoro único: una escuela apoyada por el FONCA para formar voladores de Papantla. En las voces, rostros y jugueteos de estos niños y niñas, observamos su fugaz infancia casi llegando a su fin, y con ello, el mayor de los riesgos en estas comunidades: que decidan dejar el oficio. Como, lastimosamente, Cortés me confiesa, sucedió con ambas niñas que además eran de las primeras en ser instruidas. La pérdida es doble: el totonaco peligra, y Cortés consigue un último milagro: que un niño, bellamente, nos narre desde su lengua.



La edad del agua, del par de hermanos Isabel y Alfredo Alcántara, nos lleva a otra comunidad tan esmeradamente aislada como silenciada por las autoridades: La Cantera, en Guanajuato.


Allí, una serie de afecciones a la salud están costándole la vida a sus pobladores, especialmente a los niños, como resultado del envenenamiento por radiación en los mantos acuíferos sobreexplotados por las industrias del estado. Tras el fallecimiento por leucemia de Mafer, Yoselin y Yessica, un grupo de mujeres forma la asociación civil MAYOYE Ángelitos Guerreros, tomando el acrónimo de los nombres de las niñas, pese al escrutinio de la comunidad y la indiferencia del gobierno.


El montaje deja claro el valor de su lucha y la urgencia de sumarse. Entre palabrería política, anuncios turísticos que promocionan el estado y spots gubernamentales, un par de niños rinden homenaje en los altares a sus amigas. En un pueblo donde los niños, aun sin entender del todo la pérdida, están viendo cómo entierran a sus compañeros.


En Mexicali, el otro extremo del país, también víctima del abandono gubernamental y, encima, atravesado por la amenaza latente del narco, Cristian Manjarrez, apodado “El Tomander”, es el alegre entrenador de una liga femenil de futbol. La ópera prima de Roberto Ortiz, acreedora de una mención honorífica en el festival, destaca dentro de la producción documental nacional por surgir de un interés genuino: rescatar la historia de un hombre que, al volver a entrelazar los vínculos rotos de su comunidad, busca cambiar el rumbo de los jóvenes y el suyo.


Sabemos que Cristian tuvo un pasado criminal que aún le acarrea consecuencias; sin embargo, eso no es lo más importante. Ortiz no es carroñero: no busca fabricar imágenes para el morbo. Hay plena conciencia de que la labor de Cristian, la unión de las niñas de Ángeles F.C. (no por nada el largometraje lleva el nombre del equipo) y la integración de la comunidad son el centro de su largometraje y, por ende, de su voz como documentalista. Que, dicho sea de paso, se perfila ya como una de las más prometedoras del país.




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