Marga en el DF y las narrativas migrantes en Sundance

POR: JOSÉ LUIS SALAZAR

14-02-2026 22:53:18

Marga en el DF  y las narrativas migrantes en Sundance


Margarita, o mejor conocida como Marga, llega desde Santo Domingo al Distrito Federal, una ciudad completamente nueva para ella. Embarazada y en la búsqueda de su esposo, Rodrigo, no espera encontrarse con la infidelidad que terminará por desmoronar su mundo. Atravesada por el dolor, la confusión de una ciudad inmensa y el duelo reciente tras la muerte de la famosa cantante Selena Quintanilla, una noticia que sacude la radio y la televisión. Marga tendrá que encontrar la fuerza para seguir adelante, conquistar su independencia en la soledad de la enorme urbe y reencontrarse consigo misma.


Esta es la premisa de Marga en el DF, el tercer cortometraje de Gabriela Ortega, presentado en el Festival de Sundance. En entrevista con la directora, Ortega relata cómo el proyecto surge de cuestionamientos personales que decide externalizar a través de su personaje protagónico Marga, interpretado por Camila Santana.


Marga en el DF es un guion que yo escribí en el 2024 transitando el desamor. Me estaba cuestionando, casi al llegar a los 30, si quiero tener hijos, qué significa para mí la familia nuclear. Quería explorar esas emociones, las decisiones a tomar al momento de ser madre en una época en que no necesariamente había tantas interrupciones o tantas narrativas en torno a la pareja como ahora que está intervenida la discusión por las redes sociales”.


Este interés personal llevó a Gabriela Ortega a regresar al año en que nació: 1995. El mismo año en que Selena Quintanilla fue asesinada por Yolanda Saldívar, presidenta de su club de fans, y cuya muerte funciona como una especie de leitmotiv a lo largo del cortometraje.


Una de las primeras escenas muestra a Marga subiendo a un taxi a las afueras del aeropuerto del DF, mientras la radio anuncia la muerte de la cantante tex-mex. La recurrencia de este acontecimiento también ha acompañado a la directora quien, entre risas, comparte cómo ese año es recordado por su madre como “el año en que murió Selena”. Su crianza estuvo marcada por la música de la cantante, que la acompañó incluso en su vida adulta, ya emigrada a Estados Unidos para estudiar, donde se convirtió en asidua asistente de un bar en Los Ángeles que organizaba “Noches de Selena”, un espacio dedicado a su música, con concursos de parecido físico y vestuarios alusivos.


Marga en el DF  y las narrativas migrantes en Sundance


Marga en el DF parece continuar el camino de producciones recientes en torno a la afamada cantante. Apenas un año antes, en ese mismo festival, Isabel Castro presentó el documental Selena y los Dinos; Prime Video estrenó Selena & Yolanda: The Secrets Between Them y, cuatro años antes, Netflix lanzó la serie Selena: The Series, protagonizada por Christian Serratos, el mismo año en que también se estrenó Selena: The Real Story. Sumados a los ya lejanos intentos de ficción, como el filme que le otorgó a Jennifer López su única nominación al Globo de Oro, realizado apenas dos años después del fallecimiento de la cantante, o el documental de la recientemente fallecida documentalista mexicana Lourdes Portillo, Corpus: A Home Movie About Selena.


Al retomar la música de Selena, Ortega, consciente de su popularidad y de la fuerza de la identidad construida por las comunidades latinas alrededor de su figura, busca construir un sentimiento suspendido en el tiempo: un momento que, pese al paso de los años, se perciba como atemporal.


“Yo quería hacer una película de época. Yo quería hacer un romance clásico, algo que se sintiera extraído de Richard Linklater. Algo que con el pasar de los años se sienta atemporal, que es algo que nos resta a veces la tecnología en las películas. Nos arrebata la eternidad. Pero es difícil hacer una película de época, mucho más con bajo presupuesto por eso usar la muerte de Selena como marco, como contexto histórico nos trae inmediatamente al 95, a un contexto cultural y político, al de un duelo internacional”.


Para la construcción del México de los noventa, Ortega se apoyó ampliamente en la propia ciudad, a la que describe como “un grupo de movimientos de resistencia para no olvidar su historia… la Ciudad de México tiene todo tipo de arquitectura que guarda los recuerdos de lo que ha sido esta ciudad; desde cosmovisión indígena al brutalismo total. Hay una intervención muy fuerte en la arquitectura aquí desde la memoria colectiva; obviamente hay cosas que están desapareciendo, lugares icónicos que se están destruyendo, el capitalismo borra ciertos aspectos de la historia de la ciudad”.


El trabajo en la ciudad abarca escenas al interior de un bar y una peluquería en Coyoacán, la salida del aeropuerto capitalino y los alrededores del Kiosco Morisco. Ortega recuerda la anécdota del diseñador de producción llegando a los primeros días de rodaje con un teléfono fijo callejero, gesto que disipó sus miedos en torno a la ambientación noventera del cortometraje.


Esto se complementa con el trabajo de colaboradores mexicanos como Eugenio Valero en la producción, quien recientemente fungió como coordinador ejecutivo del debut en dirección de la actriz Mayra Hermosillo en Vainilla; así como con un equipo mayoritariamente integrado por mujeres, entre ellas Mónica Salazar en la edición y Karla Luna Cantú y Natalia González como productoras, quienes en años recientes colaboraron como productoras ejecutivas en Bardo, de Alejandro González Iñárritu. A ello se suma el trabajo de la experimentada cinefotógrafa María Secco, reconocida por su labor detrás de la cámara tanto en los documentales de Everardo González y Diego Enrique Osorno como en las ficciones de Julián Hernández Cordón y Elisa Miller.


Marga en el DF  y las narrativas migrantes en Sundance


Sin embargo, Ortega reconoce que el reto más grande fue encontrar a su protagonista, Marga, dada la naturaleza del personaje, que requería de una mujer dominicana viviendo en México. La actriz Camila Santana, mejor conocida por sus colaboraciones en películas de Victoria Linares Villegas y José María Cabral, y quien vive originalmente en Santo Domingo, ejerció en la vida real el viaje que encarna su personaje al llegar a la Ciudad de México para interpretar el papel, experiencia que quedó reflejada en la curiosidad con la que Marga observa la ciudad.


Algo similar ocurre con los dos hombres en su vida: Rodrigo y Ángel, interpretados por David Palacio y Xabiani Ponce de León. Dos figuras que encarnan formas contrastantes de masculinidad y cuya experiencia migrante se extiende más allá de la pantalla, al ser Xabiani, al igual que Camila, extranjero en el país, en su caso, colombiano.


Y es que esta es la médula del cortometraje de Ortega. En uno de los momentos más represivos del gobierno estadounidense contra los migrantes, las narrativas contadas desde y para las comunidades latinoamericanas en festivales como Sundance no solo visibilizan las problemáticas que atraviesan a sus poblaciones, sino que también recuperan aportes culturales y artísticos que la reescritura histórica y las retóricas racistas se esfuerzan por borrar.


Uno de ellos es la música de Selena, que ha sido objeto de intentos de instrumentalización durante la administración “trumpista”, al punto de que su familia ha tenido que presentar cartas a través de abogados para evitar que su estatua sea utilizada en mítines de MAGA, como ocurrió en 2020, cuando fue fotografiada portando una gorra con el lema Make America Great Again.


Ortega declaró lo siguiente sobre la situación que se vive en Estados Unidos, en vísperas de su partida al país para presentar su cortometraje:


“Al invisibilizar nuestras historias en festivales y otros contextos, generamos que nos invisibilicen a nosotros. Por eso es sumamente importante cuando venimos con narrativas migrantes y latinoamericanas. Lo que pasa en Estados Unidos es que hay una intolerancia al otro, nosotros podemos enseñar que no somos otros, que no existe esa construcción del otro. Que tenemos nuestra propia historia, cultura y dignidad, mucha que compartimos. Por eso tenemos una responsabilidad al entrar a este tipo de lugares, porque somos conscientes del privilegio de poder estar, de alguna manera ser una latina, un poco, aceptada, y lo que conlleva al llevar historias de nuestras comunidades. Estados Unidos es un país construido por migrantes y a costillas de inmigrantes, la migración no es algo malo, es lo que hace más grande a las naciones”.


Ese duelo internacional que Ortega describe al inicio de la entrevista no se limita entonces a la cita histórica de 1995 y a la muerte de Selena, sino que emerge como una contestación frente a la represión y al borrado histórico de las comunidades latinas en Estados Unidos. Si bien a mí no me tocó vivir ese 95 ni el duelo colectivo por Selena, mi memoria guarda la muerte de Juan Gabriel en 2016, que coincidió curiosamente con la transmisión del último capítulo de su bioserie y que este año cumple una década. Experiencia que me fue imposible no mencionarle a su directora.


En la película, este duelo por Selena también funciona como subtexto: la pérdida y el dolor atraviesan a Marga, quien lamenta un futuro que soñaba tener, una vida posible que no fue. Una forma de reflejar el estado emocional del personaje. Hacia el final, Marga, tras la tristeza, la extrañeza y el desasosiego, parece encontrar su lugar en el mundo en ese departamento de la Ciudad de México. Como mujer, como futura madre y, sobre todo, como migrante, tal como lo hiciera aquella mujer de ascendencia cheroqui y mexicana a la que quedó tanto por vivir y por hacer.


Entre la ruptura, aprender a decir adiós, como Selena. O mejor dicho, como lo expresó ella misma:


“Como la flor, con tanto amor, me diste tú, se marchitó, me marcho hoy, yo sé perder, pero ay, cómo me duele”.



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