La (in-)adaptación de La Odisea de Christopher Nolan

POR: BELÉN LUCAS

22-08-2026 12:12:32

La (in-)adaptación de La Odisea de Christopher Nolan


Fue mucha la expectación que La Odisea, de Christopher Nolan, generó en los amantes de la mitología clásica. Sin embargo, más allá de la impresión técnica y dramática que genera la magia del cine, la película destapa la progresiva carencia de elementos genuinos del mito hasta tergiversar su significado y diluir su fuerza. Nolan convierte La Odisea de Homero en una fantasía celta, demasiado cercana a los postulados tradicionales de Hollywood. Una decepción política y narrativa.

Llevar al cine la grandeza de la mitología clásica es una tentación muy atractiva. Sin embargo, ha sido difícil pasar el filtro del aprobado cuando, desde un principio y con demasiada frecuencia, sacrifica la luz blanca y cegadora mediterránea por el paisaje celta, a veces escocés, atlántico o islandés. Lo cierto es que el Mediterráneo es un marco cultural indisociable del propio mito de Odiseo. Aunque se intente trasladar a los personajes a otro lugar, ya no resulta el mismo, sino otro viaje del héroe, más cerca de El Señor de los anillos o Juego de tronos que de la obra de Homero. Destruir el marco cultural del mito contribuye a la devaluación drástica de la adaptación y desencadena un efecto dominó.


Partiendo de que ya no se está atravesando el mar Egeo, Nolan despoja al héroe y a sus compañeros de su relación con el paisaje mediterráneo y sus prácticas culturales, protagonistas también de la psicología de los personajes y de la narrativa homérica. El vino presente en la hospitalidad de las cenas es el vehículo hacia la catarsis (del griego kátharsis, purificación o limpieza); mientras que los aceites sirven como cuidado corporal y descanso. Cuando Nolan elimina las reuniones alrededor de la mesa, así como las diferentes islas donde pernoctan, enmudece también la música y los aedas, cantores esenciales en el mito de Odiseo. Ellos son los narradores responsables de recitar los hechos acontecidos, preservar la memoria colectiva e informar a los viajeros en la travesía.


Al prescindir de las reuniones y del cuidado de los sentidos en tensión con la pena y la duda, se eliminan no solo los símbolos de la civilización, sino también el momento clave en que se acelera el relato. Es ahí donde los héroes se quiebran, las fuerzas fallan, la fedecae y, al mismo tiempo, la vida se celebra. Esta contradicción es necesaria para sostener la tensión dramática: mientras las noticias llegan por los aedas, su recepción desencadena diálogos internos entre dioses y mortales, fortalecidos por el llanto y la nostalgia (nostos, el regreso; algos, el dolor). Se generan así los pactos con las divinidades, se liba el vino y se pronuncian los votos que marcan el deseo ante la incierta continuación del viaje. Todo ello conforma un marco psicológico muy parecido al humano que se echa de menos frente a la fantasía desmedida de Nolan.


Odiseo y Atenea


La película centra el sufrimiento del héroe en el deseo del reencuentro con su mujer, sobre todo, en el remordimiento y la culpa que afloran en su memoria por sus compañeros fallecidos en la guerra de Troya. Sin embargo, anula la idea de que la aventura, con sus encuentros y desencuentros, es el precio a pagar por asumir —como en tantas historias griegas— el honor de cumplir una misión inequívoca y un destino colectivo inevitable por voluntad divina.


Entre los efectos de la edulcorización de La Odisea de Nolan destaca de forma fatídica la ausencia del sueño de Penélope. Atenea se convierte en Iftima, la hermana de Penélope, durante un sueño revelador. En él, le infunde la certeza y esperanza de que Odiseo va a regresar. A partir de esa visión, Penélope desarrolla su frialdad y astucia para ganar tiempo por medio del pacto que establece con sus pretendientes: tejer un telar de día y destejerlo de noche, sobreviviendo así a su situación. Sin ese sueño, Nolan arrebata la dignidad original a Penélope y cae en una caracterización frágil y reactiva de una mujer que en la obra de Homero es tan intuitiva y gloriosa como el propio Odiseo. Y es que, de entre los sacrilegios al mito perpetrados por Nolan, Atenea se lleva la peor parte. La diosa de la estrategia y de la guerra ocupa un papel carente de fuerza y protagonismo, interpretado por una Zendaya desprovista de liderazgo y desangelada, desproporcionada para una hija de Zeus. El mito queda huérfano de su carismática compañera y de su responsabilidad directa sobrela intuición y la estrategia de Odiseo, de Penélope y de Telémaco.


Uno de los cantos más poéticos de La Odisea homérica es el descenso de Odiseo al inframundo, momento en el que se reencuentra con sus compañeros de guerra caídos y especialmente con su madre, fallecida por la pena de su larga ausencia. En la película, este descenso emocional tan profundo pierde su fuerza con la estridente ausencia de la madre, un encuentro esencial para la recuperación de la determinación perdida del héroe. La puesta en escena de la fosa de sangre entre moribundos en una playa de Islandia no es suficiente para representar el temor que ese inframundo representaría frente a nuestra tierra oxigenada ni para culminar el dolor de lo que significaría abrazar en vano las almas incorpóreas de nuestros seres queridos.


Penelope y Telemaco


Helena, por su parte, detonante de la guerra de Troya, responde en su breve aparición —interpretada por Lupita Nyong’o—  a las exigencias de lo políticamente correcto que imperan en Hollywood para ganarse un aplauso más amplio desde el movimiento Black Lives Matter. Desafía así cualquier imaginario clásico de la figura de Helena, inmortalizada en incontables vasijas, y adapta la verdad del mito al prejuicio contemporáneo de la representación.


En cuanto a Circe, se delata cierto moralismo al representarla como una anciana malintencionada y vengativa que convierte en cerdos a los compañeros de Odiseo. Se echa de menos el romance reparador de un año que mantiene con el héroe y la fuerza que le infunde ese amor hasta toparse con la decisión unilateral de Odiseo de querer regresar a Ítaca. Aunque Circe lo ama, es el afecto mutuo y el anhelo del héroe de volver a su casa lo que la llevan a ayudarlo e indicarle el camino y las advertencias para su trayecto. En cambio, la Circe celta de Nolan le regala esa ayuda a Odiseo por medio del chantaje y unos consejos sin justificación suficiente, como consecuencia de la ausencia del romance y de la mutua admiración que se tienen en el mito original. 


Se intuye aquí que, de tener tantas amantes, Odiseo hubiera perdido la empatía de parte del público que idealmente desearía verlo fiel a Penélope. Calipso, un poco más acertada, representa bien un amor no correspondido, aunque el papel de Charlize Theron roce el de una amante confesora y cuidadora. 


Nolan se preocupó demasiado de hacer de Odiseo un héroe de los años 90, donde Penélope le llora desconsolada y el desarraigo es una tragedia sin estrategia ni solución; donde en veinte años de regreso a casa sea limpia la culpa y tímida la aparición de cualquier otra amante o relación. Donde asoma el miedo del director a comprometer la moral de un espectador cómplice con la castidad de Penélope y a una fidelidad compartida. Además, en este contexto Atenea, a pesar de ser omnipresente y tener un papel multilateral en el éxito del viaje, corre el riesgo de destacar demasiado y llevarse el crédito de las hazañas que corresponden a la gloria final del protagonista diseñado por el cineasta.


La Odisea Rodaje


Esta película no es una adaptación de La Odisea por Christopher Nolan, es una adaptación de La Odisea a Christopher Nolan, y confirma lo que pocos directores deberían atreverse a hacer, por mucho presupuesto o reputación que tengan: la ambición de crear radiografías colectivas de culturas ajenas. La superproducción tiró al monte. Cayó en el propio cliché de las expectativas del gran público, en las exigencias políticas de la industria y en la mala lectura de los valores precristianos. Una Odisea así no la necesitábamos.



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